Definición

El aprendizaje basado en problemas (ABP) es un enfoque pedagógico centrado en el alumno en el que los estudiantes se enfrentan a un problema complejo y mal estructurado del mundo real antes de recibir instrucción formal sobre los contenidos pertinentes. Los alumnos trabajan —habitualmente en pequeños grupos— para identificar qué saben, determinar qué necesitan saber, investigar de forma independiente y regresar después para aplicar los nuevos conocimientos hacia una solución razonada. Los contenidos no se entregan primero para aplicarse después; es el propio problema el que impulsa el aprendizaje.

La característica definitoria que separa el ABP de los ejercicios generales de resolución de problemas es la naturaleza «mal estructurada» de los problemas utilizados. Howard Barrows, el médico-educador que formalizó el enfoque, los describió como problemas que carecen de una única respuesta correcta, que exigen a los estudiantes tomar decisiones con información incompleta y que reflejan genuinamente la complejidad de la práctica profesional. Esta ambigüedad no es un defecto de diseño; es el mecanismo que activa la indagación autodirigida.

El ABP se diferencia del aprendizaje basado en proyectos, aunque ambos comparten la misma abreviatura. En el ABP, el problema constituye toda la unidad curricular: los alumnos aprenden los contenidos porque los necesitan para abordar el problema. En el aprendizaje basado en proyectos, un entregable o producto organiza el trabajo, y los contenidos pueden haberse enseñado previamente o integrarse de forma más flexible.

Contexto histórico

El aprendizaje basado en problemas surgió de una reforma curricular deliberada en la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad McMaster, en Hamilton, Ontario, Canadá. En 1969, Howard Barrows y sus colegas diseñaron un programa de medicina articulado en torno a casos de pacientes, en lugar de cursos de anatomía y fisiología basados en clases magistrales. Barrows observó que los estudiantes de medicina capaces de recordar datos aislados a menudo no lograban aplicarlos cuando se enfrentaban a pacientes reales — un fenómeno coherente con lo que los psicólogos cognitivos denominan «conocimiento inerte», concepto que John Bransford y sus colegas en Vanderbilt elaborarían posteriormente.

El modelo McMaster se extendió rápidamente por la educación médica y profesional de todo el mundo. La Universidad de Maastricht, en los Países Bajos, adoptó un currículo ABP para toda la universidad en 1976 bajo la dirección de Henk Schmidt, quien se convertiría en uno de los investigadores más prolíficos del ABP. El artículo de Schmidt de 1983 en la revista Medical Education, «Problem-Based Learning: Rationale and Description», ofreció el primer análisis teórico sistemático sobre por qué funciona este enfoque, fundamentándolo en la teoría de la activación cognitiva y la interrogación elaborativa.

A lo largo de los años ochenta y noventa, los docentes de educación primaria y secundaria, especialmente en ciencias y matemáticas, adaptaron las estructuras del ABP para alumnos más jóvenes. La Illinois Mathematics and Science Academy, con John Savery y Thomas Duffy, formalizó los principios de diseño del ABP para contextos escolares. El capítulo de Savery y Duffy de 1995, «Problem Based Learning: An Instructional Model and Its Constructivist Framework», conectó el ABP con la teoría constructivista del aprendizaje, situándolo dentro de la tradición más amplia de la filosofía de la educación experiencial de John Dewey, que data de principios del siglo XX.

Principios clave

Los problemas mal estructurados como punto de partida

Cada unidad de ABP comienza con un problema que los alumnos no podrían resolver plenamente con sus conocimientos previos. El problema debe ser auténtico —anclado en contextos profesionales o cívicos reales— y debe requerir genuinamente la adquisición de nuevos contenidos para abordarlo. Barrows (1986) especificó que el problema debe presentarse antes de cualquier instrucción, no como ejercicio de aplicación al final. Esta secuenciación es irrenunciable en el diseño clásico del ABP.

Aprendizaje autodirigido

Una vez que los alumnos identifican los «problemas de aprendizaje» —las preguntas concretas que aún no pueden responder—, los abordan de forma independiente o en parejas antes de volver a reunirse con su grupo. Esta fase desarrolla la conciencia metacognitiva: los alumnos practican el diagnóstico de sus propias lagunas de conocimiento, la localización de fuentes fiables y la evaluación de la pertinencia de la nueva información. La investigación de Hmelo-Silver (2004) identificó el aprendizaje autodirigido como la competencia que el ABP desarrolla de forma más distintiva en comparación con otros formatos de aprendizaje activo.

Construcción colaborativa del conocimiento

El ABP es fundamentalmente un método basado en el trabajo en grupo. Grupos reducidos de cinco a ocho alumnos trabajan conjuntamente para poner en común los conocimientos previos, debatir interpretaciones y sintetizar hallazgos. La colaboración no es accidental: refleja el trabajo en equipo interprofesional que caracteriza la medicina, el derecho, la ingeniería y la mayoría de los campos para los que el ABP fue diseñado. El grupo genera responsabilidad colectiva y expone a los alumnos a estrategias de razonamiento que no generarían por sí solos.

El tutor como entrenador cognitivo

En el ABP, el docente actúa como facilitador —lo que Barrows denominó «tutor»— en lugar de experto en contenidos que transmite información. El papel del tutor consiste en plantear preguntas metacognitivas («¿Qué sabéis? ¿Qué necesitáis saber? ¿Cómo lo averiguaréis?»), evitar que el grupo cierre prematuramente sobre respuestas incorrectas y modelar el proceso de razonamiento sin proporcionar soluciones. Este rol requiere un desarrollo deliberado de competencias; los docentes formados en instrucción directa suelen encontrar difícil no dar las respuestas.

Reflexión y puesta en común

Tras aplicar los nuevos conocimientos al problema, el ciclo de ABP concluye con una reflexión estructurada. Los alumnos examinan qué aprendieron, cómo lo aprendieron y qué reveló su proceso de razonamiento sobre su comprensión. Este paso metacognitivo se omite con frecuencia por falta de tiempo, pero la investigación de Schmidt (1993) sobre el ABP en Maastricht encontró que la calidad de la reflexión era el predictor más potente de la retención de conocimientos a largo plazo en entornos de ABP.

Aplicación en el aula

Ciencias en Educación Secundaria Obligatoria: la crisis de contaminación del agua

Un docente de ciencias de 1.º de ESO presenta a los alumnos el siguiente escenario: los vecinos de una localidad ficticia han notificado enfermedades tras las inundaciones recientes, y los análisis preliminares sugieren contaminación en el agua de los pozos. Los alumnos deben determinar los contaminantes probables, explicar cómo entraron en el suministro de agua y recomendar medidas correctoras al ayuntamiento. En primer lugar, los alumnos cartografían lo que saben sobre los sistemas de agua y la transmisión de enfermedades, e identifican sus lagunas: ¿Qué es el nivel freático? ¿Cómo se propagan los patógenos a través del suelo? ¿Qué métodos de filtración existen? A lo largo de cuatro o cinco sesiones, los grupos investigan de forma independiente, consultan fuentes primarias seleccionadas por el docente y redactan un informe para el ayuntamiento. Los contenidos de ciencias —ecosistemas, microbiología, química— se adquieren porque los alumnos los necesitan, no porque figuren en una secuencia del libro de texto.

Historia en Bachillerato: el dilema de la política de refugiados

Un docente de historia de 2.º de Bachillerato enmarca un problema en torno a una población desplazada tras un conflicto histórico (por ejemplo, la crisis de refugiados posterior a la Primera Guerra Mundial). Los alumnos reciben fuentes primarias —despachos gubernamentales, cuentas periodísticas, testimonios de primera mano— y deben asesorar a una comisión ficticia de la Sociedad de Naciones sobre una respuesta política. Han de investigar el contexto geopolítico, los marcos jurídicos de la época y los argumentos humanitarios en juego. El problema no tiene una respuesta clara: cualquier política implica compromisos genuinos. Los alumnos aprenden los contenidos históricos por la necesidad de defender una postura razonada, no mediante la lectura pasiva del capítulo del libro de texto.

Educación médica y de enfermería: el caso diagnóstico

En la educación profesional, el ABP se desarrolla habitualmente a través de un caso clínico presentado de forma secuencial. Los alumnos reciben el escenario inicial: un paciente de 54 años acude a consulta con fatiga, pérdida de peso inexplicada y sudores nocturnos. Los alumnos generan hipótesis, identifican problemas de aprendizaje (conceptos básicos de hematología, inmunología y oncología), investigan de forma independiente y se reúnen de nuevo para reevaluar a medida que se revelan nuevos datos clínicos por etapas. Este formato, conocido como modelo de «tres saltos» o de divulgación secuencial, fue desarrollado en McMaster y sigue siendo el estándar en las facultades de medicina de todo el mundo.

Evidencia empírica

La base de investigación sobre el aprendizaje basado en problemas es extensa: abarca la educación médica, profesional y preuniversitaria a lo largo de cinco décadas, y los resultados son consistentemente favorables, con matices significativos sobre las condiciones de aplicación.

Dochy y sus colegas (2003) realizaron un metaanálisis de 43 estudios que comparaban el ABP con la instrucción convencional en múltiples disciplinas. Hallaron un efecto positivo fuerte del ABP en la aplicación de competencias y el rendimiento en resolución de problemas, y un pequeño efecto negativo en las pruebas de conocimiento de contenidos inmediatamente posteriores a la intervención. La interpretación es la siguiente: los alumnos de ABP saben cómo usar el conocimiento en contexto, aunque pueden obtener puntuaciones ligeramente inferiores en exámenes de recuerdo de datos aplicados inmediatamente después de una unidad. Cuando se evalúan con un desfase temporal, la brecha de retención de conocimientos desaparece o se invierte.

Hmelo-Silver (2004), al revisar la literatura sobre ABP en Educational Psychology Review, concluyó que el ABP desarrolla de forma fiable conocimiento flexible, estrategias eficaces de resolución de problemas, competencias de aprendizaje autodirigido y habilidades colaborativas. Señaló que la evidencia era más sólida en la educación médica y reclamó investigaciones más rigurosas en contextos preuniversitarios, una laguna que desde entonces se ha abordado parcialmente.

En un estudio a gran escala del ABP en la educación secundaria holandesa, Gijbels y sus colegas (2005) encontraron que el ABP tenía los efectos más potentes en resultados que requerían comprensión y aplicación de principios, con efectos menores sobre el conocimiento declarativo y el recuerdo de datos. Este patrón se alinea con la Taxonomía de Bloom: el ABP está diseñado explícitamente para producir aprendizaje en los niveles cognitivos superiores.

Una limitación honesta de la literatura merece señalarse: la mayoría de los estudios rigurosos sobre ABP involucran programas médicos o profesionales con estudiantes adultos altamente motivados. La transferencia de los resultados a contextos preuniversitarios con alumnos más jóvenes y menos motivados intrínsecamente requiere cautela. Los docentes que diseñen unidades de ABP para alumnos más jóvenes deben planificar introducciones más guiadas al aprendizaje autodirigido y una facilitación más explícita durante la fase inicial de análisis del problema.

Conceptos erróneos frecuentes

El ABP significa que los alumnos se enseñan a sí mismos sin el docente. El papel del docente en el ABP es exigente y requiere una alta cualificación, no es pasivo. Una facilitación eficaz del ABP exige que el docente supervise la dinámica del grupo, plantee preguntas metacognitivas de sondeo en los momentos precisos, identifique cuándo un grupo se encamina hacia una conclusión conceptualmente errónea y diseñe problemas genuinamente mal estructurados. Barrows (2000) dedicó todo un programa de formación en la Universidad del Sur de Illinois al desarrollo de las competencias del tutor; el rol es diferente de la instrucción directa, no más fácil.

El ABP sacrifica la cobertura de contenidos. Esta preocupación es habitual entre los docentes que trabajan con currículos con gran carga de contenidos. La investigación no la respalda como afirmación general. Los alumnos de ABP aprenden los contenidos que necesitan para resolver el problema a niveles profundos y aplicables. Lo que aprenden con menos eficacia, inicialmente, son los contenidos sin conexión clara con el problema, lo que plantea una pregunta legítima de diseño sobre si esos contenidos merecían cubrirse por cualquier método. El remedio es un diseño cuidadoso de problemas alineados con los estándares curriculares, no abandonar el ABP.

Cualquier actividad grupal de resolución de problemas es ABP. Asignar un estudio de caso para que los grupos lo comenten, o pedir a los equipos que respondan preguntas sobre un escenario, no es ABP según la definición de Barrows. El ABP clásico requiere que los alumnos se enfrenten al problema antes de la instrucción, que identifiquen sus propios problemas de aprendizaje sin una lista de preguntas proporcionada por el docente, y que la investigación autodirigida preceda a la síntesis grupal. Eliminar estos elementos produce una intervención pedagógica más débil y explica gran parte de la varianza en los estudios de resultados del ABP.

Conexión con el aprendizaje activo

El aprendizaje basado en problemas es una de las metodologías de aprendizaje activo con mayor respaldo empírico. Operacionaliza lo que la ciencia cognitiva muestra de forma consistente sobre cómo se construye el conocimiento duradero: mediante el procesamiento esforzado, la autoexplicación y la aplicación a contextos auténticos, en lugar de la recepción pasiva.

La metodología de aprendizaje basado en problemas de este sitio ofrece guías de implementación, plantillas de diseño de problemas y protocolos de facilitación adaptados directamente para su uso en el aula. Dos metodologías estrechamente relacionadas amplían los principios del ABP en direcciones complementarias. Los métodos de estudio de caso comparten el énfasis del ABP en escenarios auténticos y complejos, pero suelen implicar una discusión más dirigida por el docente de un caso preanálizado, lo que los hace apropiados cuando las limitaciones de tiempo impiden ciclos completos de investigación autodirigida. Los marcos de resolución colaborativa de problemas formalizan la dinámica grupal en la que se apoya el ABP, ofreciendo al profesorado estructuras explícitas para gestionar el desacuerdo, la distribución de roles y la toma de decisiones consensuada dentro de los grupos.

El ABP se conecta de forma natural con el aprendizaje basado en la indagación, que comparte la misma base epistemológica —que los estudiantes construyen la comprensión persiguiendo preguntas genuinas—, pero opera habitualmente en escalas temporales más cortas y con una mayor estructuración docente de la secuencia de indagación. El pensamiento crítico es tanto un prerrequisito como un resultado del ABP: los alumnos necesitan competencias analíticas básicas para evaluar fuentes y construir argumentos, y el proceso de ABP fortalece sistemáticamente esas mismas competencias mediante la práctica repetida. En los modelos de aula invertida, el ABP encaja bien con la exposición previa a los contenidos fuera del aula, seguida del análisis del problema en clase, preservando el tiempo de contacto para el razonamiento colaborativo del que depende el ABP y que no puede desarrollarse de forma asíncrona.

Fuentes

  1. Barrows, H. S. (1986). A taxonomy of problem-based learning methods. Medical Education, 20(6), 481–486.

  2. Hmelo-Silver, C. E. (2004). Problem-based learning: What and how do students learn? Educational Psychology Review, 16(3), 235–266.

  3. Dochy, F., Segers, M., Van den Bossche, P., & Gijbels, D. (2003). Effects of problem-based learning: A meta-analysis. Learning and Instruction, 13(5), 533–568.

  4. Schmidt, H. G. (1983). Problem-based learning: Rationale and description. Medical Education, 17(1), 11–16.